De modo que logró que ese atardecer se convirtiera en algo tan entrañable y oscuro para mí como oscura es la tumba en la que yace hoy mi amigo. También para mí han llegado los días del recuerdo.
Antes de aceptar la traición y el fin voluntario, prefiero tu muerte sin culpas. Cruzabas la calle de esa farmacia, sin precauciones como siempre y un conductor distraído acabó con tu cuerpo, que no era mucho. Nadie tomó foto a tu cadáver. Yo lo supe por mi madre y tuve una crisis de angustia que me impidió ir a tu funeral. Desconozco los detalles grotescos, si fuiste sepultada o cremada, no lo sé, pero ya estás muerta, muertita, difunta, murida, quizá con una lápida y pastito verde pero no el de parménides, más bien uno que no existe. Como para Michi y para Enrique (al que hubiéramos visto, si siguieras viva) los días del recuerdo han llegado y en ellos viviré, recordando que éramos tan felices.